Francisco Javier Pirela

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LA SUBLEVACIÓN DE FRANCISCO JAVIER PIRELA

"El lunes 6 de mayo de 1799, por la noche, atracaron en el puerto de la ciudad de Maracaibo dos goletas corsarias francesas, “El Bruto” y “La Patrulla”; traían consigo una presa inglesa (goleta), de nombre “ElArlequín”. Las tripulaciones de los barcos afirmaron que habían salido de Puerto Príncipe para Santo Tomás a corso, con mercancías y una carga de café. Además, tenían la intención de abastecerse cuando retornaran a un puerto republicano. En el trayecto del viaje, al principio de la navegación, hicieron varias arribadas debido al temor contra los enemigos y para cubrir la necesidad de surtirse de víveres y algunos otros objetos sencillos. En los cayos de tierra firme tuvieron que detenerse entre siete u ocho días para ponerle el palo al corsario “La Patrulla”, rendido en el viaje. Reemprendida la travesía, según el testimonio de los corsarios, los malos tiempos y corrientes los desviaron de su destino, llegando así a la costa de los indios guajiros. Desde ese sitio recalaron a las costas de Guaranao (Golfo de Venezuela). Allí consiguieron tres barcos fondeados y tramaron apresarlos, para ello enarbolaron la bandera de socorro para que los auxiliaran con víveres. Empero, los tres buques se pusieron a la vela, por lo cual “El Bruto” y “La Patrulla” les dieron caza. Al poco rato de la persecución rindió su bandera uno de los barcos (la goleta “El Arlequín”), de bandera inglesa. Los otros dos compañeros de navegación lograron escapar. Se tomaron las medidas pertinentes a los casos de apresamiento, es decir, se distribuyó la tripulación de los buques de manera tal que se pudiese conservar el control sobre la marinería sometida. Los dos hermanos, capitanes de “El Bruto” y “La Patrulla”, Juan Gaspar Bocé y Agustín Bocé, junto con el recién nombrado capitán de la presa, José Román, resolvieron entrar al puerto de la ciudad de Maracaibo para hacer los trámites legales pertinentes a las normas del corso. El gobierno de Maracaibo les franqueó a los corsarios cuantos auxilios les pidieron y los trataron como aliados de España. Incluso se le asignó al soldado alemán del cuerpo veterano, Juan Sualbach, que estaba instruido en el idioma francés, para que los acompañase y advirtiera de cualquier engaño en sus negocios, y al mismo tiempo observara sus operaciones como una medida de seguridad. El sábado 11 de mayo de 1799, se habían realizado los trámites legales con el tesorero general de Ejército y Real Hacienda, José de Bujanda, el escribano de la Real Aduana y el guarda mayor del puerto, Antonio Rodríguez Monsalve. Los negros franceses de Puerto Príncipe durante los días de su estadía en la ciudad de Maracaibo se dedicaron a formar parte de la dinámica cotidiana imperante, es decir, al intercambio comercial y a convivir con los pobladores, hasta donde se lo permitía la limitación del idioma, pues la mayoría no hablaba español. El domingo 19 de mayo de 1799, por la noche, los corsarios revelaron sus verdaderas intenciones. La conspiración había sido magníficamente camuflada y planificada para no despertar sospechas y actuar con plena libertad en la ciudad. El contacto (hombre clave) que habían hecho los corsarios en tierra puso en ejecución el plan. Esta persona era Francisco Javier Pirela, subteniente de la primera compañía de las milicias regladas pardas de la plaza de Maracaibo, sastre, de treinta y cinco años de edad, viudo, natural y vecino de la ciudad de Maracaibo. Para que Pirela se uniese a la sublevación el alférez Román le había propuesto que juntase doscientos hombres de su cuerpo de milicias, los cuales bajo sus órdenes se apoderarían de la ciudad a las doce de la noche. El subteniente comenzó a ejecutar el proyecto, tratando de convencer a Tomás de Ochoa, cabo primero de la primera compañía veterana de la plaza de la ciudad de Maracaibo, al mismo tiempo sonaba la faldriquera de su volante, la cual estaba llena de plata. Hacía una oferta de dos talegas para las personas que lo apoyasen, es decir, la cantidad de dos mil pesos duros de plata. Pirela cargaba un papel con la seña que se utilizaría, era la palabra “Antillén”. El subteniente confesó que el plan contemplaba dar muerte al gobernador, empleados y personas principales de la ciudad, religiosos de San Francisco de los que exceptuarían a dos para los sacramentos de su ley en unión de todos los que tripulaban los buques franceses que estarían también a sus órdenes. A ellos se sumarían los ingleses de la presa, los cuales fueron convencidos para tal empresa, habiendo sido puestos en libertad para el efecto. Los cabecillas de los corsarios, es decir, los dos hermanos Bocé y José Román, al parecer le habían prometido a Pirela que por prestarles su valiosa ayuda lo nombrarían gobernador de Maracaibo, a ejemplo de la parte francesa de la isla de Santo Domingo, donde lo era un hombre pardo o de color. Además, le ofrecieron nueve mil pesos para los gastos de la tropa que colaborara con la sublevación. Román, quien entendía mejor el español y servía de intérprete, le afirmó que con ellos les iría bien en la empresa, pues el establecimiento estaría a sueldo, como lo estaban ellos, y por tal motivo justificaba que debería de cortársele la cabeza al rey de España, tal y como lo habían hecho con el de Francia. En torno a los marineros prisioneros de la presa inglesa, Pirela señaló que los habían puesto en libertad, después de los pertinentes trámites legales, y los convencieron para que los ayudasen a combatir en la sublevación, debido a que eran hombres de mar fuertes. Igualmente, los corsarios franceses le aseguraron al subteniente Pirela que en Cartagena de Indias ocurriría otra sublevación, y luego vendrían de allá a darse las manos con ellos. Los indios guajiros estaban de parte de los insurrectos y acometerían por tierra. Los revolucionarios se encontraban carenando sus barcos a toda prisa, pues los necesitaban para mandar uno a Cartagena de Indias y el otro a Veracruz a alcanzar a otras embarcaciones que saldrían con las mismas intenciones que traían ellos. Asimismo, señaló que debían de componer cuatro barcos que estuviesen buenos, de los que se encontraban en el puerto de Maracaibo, para enviarlos a la isla de Curazao por más gente y pertrechos de guerra. Los corsarios franceses, para intimidar a Pirela, le amenazaron el 15 de mayo, con que lo quemarían vivo sí les faltaba a la fidelidad que les había prometido, algo difícil de creer porque aquéllos obraban con desventaja. El cabo Tomás Ochoa delató la sublevación. Incitó a Pirela a que diera parte al gobernador del propósito de los corsarios, pero éste no aceptó hacerlo en ese instante, y tampoco tomó la decisión de impedírselo al subalterno, por lo cual Ochoa fue personalmente a comunicarle la novedad a la primera autoridad de la provincia. Enterado el gobernador, Juan Ignacio de Armada, procedió inmediatamente a realizar todos los preparativos militares necesarios para impedir la sublevación que se había puesto en marcha. Para esto acudió a los hombres de su entera confianza, tanto civiles como militares, armándolos con fusiles. El gobernador, quien comandó personalmente las operaciones, ordenó al ayudante mayor de las milicias regladas, teniente Fabián Salinas, y a Diego de Melo que pusieran presos a algunos negros franceses de quienes se sabía que estaban en unos bailes en las casas de Petronila Montero y una mujer de apellido Henríquez, y así lograron aprehender a seis de ellos. Posteriormente, Juan Ignacio de Armada encomendó al mismo teniente que se dirigiera a la Marina, con orden de que el teniente coronel Rafael Delgado se embarcara en una de las dos falúas que estaban listas para abordar la goleta “El Arlequín”, y él fuese en la otra. Pero debido a la enfermedad que padecía el coronel, no pudo ir, por lo cual le sustituyó Salvador Pérez, quien lo acompañó junto con unos veinte hombres. Cuando la falúa estaba cerca de la goleta se oyó una voz que preguntaba ¿quién vive? El teniente Fabián de Salinas respondió ¡España! Inmediatamente le señalaron que no atracaran allí porque su capitán no estaba a bordo. Queriendo seguir adelante, las fuerzas leales al gobierno español se dieron cuenta de que los enemigos habían mandado preparar los cañones para dispararles, por lo cual tuvieron que retirarse forzosamente. El abordaje se intentó de nuevo, pero esta vez iría con ellos uno de los capitanes de los corsarios, que ya era prisionero, al igual que una mayor cantidad de personas. El capitán de los insurrectos les gritó que no abrieran fuego, que iban a abordar la goleta, pero pese a ello uno de los marineros que estaba a bordo hizo un disparo cuando estaban subiendo a la balandra, por lo cual se le volvió a obligar al capitán a que calmase a su gente. Esta vez lo hizo con mucha más autoridad. Dominada la situación, se pudo constatar que la artillería estaba preparada para el combate: los cañones se encontraban cebados, los marineros se hallaban preparados con sus fusiles y cartucheras. Sobre la cubierta había veintiséis fusiles y a los costados de la goleta dieciocho chuzos largos. Para ese momento, los hombres leales al rey, tenían seis cañones listos para hacer fuego y más de quinientos hombres que habían acudido al toque de la generala cerca de las tres de la madrugada. La tripulación bajo arresto fue llevada a tierra en varios grupos. A las cinco de la madrugada ya se encontraban sesenta y ocho hombres presos, separados y listos para ser interrogados. En la goleta quedó una guardia permanente hasta el lunes 20 de mayo de 1799. Durante el esclarecimiento de los hechos se logró saber que de Maracaibo solamente se implicaron en la sublevación tres personas: Pirela, el soldado alemán Juan Sualbach y el esclavo y zapatero José Francisco Suárez, propiedad del vicario juez eclesiástico, don Juan Antonio Troconis. Sualbach le manifestó a los corsarios que quería apuntar su plaza al proyecto sedicioso, debido a que él se adaptaba más a las máximas francesas que facilitaban el libre comercio y la libertad. En diversas ocasiones el germano fue visto secreteando con los capitanes de los corsarios a bordo de los barcos en lengua extranjera y se supo que le manifestó a éstos que las personas blancas de Maracaibo eran muy soberbias, que entre ellos no había negros ni mulatos, además de que no pagaban derechos porque cada uno gobernaba lo suyo. El 19 a las siete de la noche Román entró en su casa y le entregó un papelito donde estampó la palabra Antillen, que era la seña para todos los que estaban comprometidos con la sublevación. De igual forma, el esclavo y zapatero José Francisco Suárez, quien le estuvo trabajando a los corsarios en sus barcos, durante sus labores confesó a la tripulación que él se encontraba en Santo Domingo cuando ocurrió la matanza de los blancos a manos de los negros, concretamente en Bahiaja, al mismo tiempo que hablaban sobre la sublevación que tenían pensada realizar en Maracaibo. Además, Suárez afirmó que los capitanes se habían informado a través de Pirela sobre la cantidad de tropa que se encontraba sobre las armas guardando el puerto, dónde se hallaban los puestos de artillería, la pólvora y las casas particulares de los ricos. El esclavo criollo dejó claro que en una conversación a bordo de un barco, uno de los oficiales de los corsarios franceses dio a entender, haciendo señas con la mano en el cuello, que harían una matanza degollando a las personas que se resistiesen. Por las declaraciones de los capitanes de los corsarios, Agustín Gaspar Bocé y Juan Gaspar Bocé, se supo que serían auxiliados desde Curazao y algunos establecimientos republicanos de la isla de Santo Domingo. De igual manera, los capitanes afirmaron que los mismos alborotos estaban planeados para varios puertos y plazas de tierra firme. Los corsarios franceses, antes de arribar a Maracaibo, en las reuniones que habían tenido con los indios guajiros, aprovecharon la ocasión para correr a caballo con ellos, los dotaron de armas y municiones e incluso les dieron dos piezas de artillería para batir a la villa de Sinamaica, y posteriormente invadir Maracaibo. Una vez en la plaza, trataría de disciplinarlos para funciones de defensa. Debido al desarrollo de los acontecimientos, los indios no tuvieron la oportunidad de participar directamente en los hechos. Sin embargo, sí instigaron a Sinamaica en varias ocasiones. El comandante de la plaza, ayudante mayor Pedro Fernández, el 1 de mayo de 1799, tuvo un combate muy reñido con los guajiros, donde perdieron la vida cinco de sus hombres y resultaron cuatro más heridos, de los cuales, posteriormente murieron dos. Los indios, además de causarle siete bajas al comandante de Sinamaica, no perdieron la ocasión para robarles todo el ganado a los vecinos y sembrar el terror, porque les aseveraron a los habitantes que atacarían nuevamente y quemarían la villa, con ayuda de los auxilios extranjeros con que contaban. En los meses siguientes el asedio y el robo continuaron. Estos fueron los hechos inmediatos más relevantes que ocurrieron como consecuencia del proyecto sedicioso de los corsarios franceses."

FUENTE: Angel Francisco Manzanilla Celis, La sublevación de Francisco Javier Pirela. Maracaibo, 1799-1800: (Una nueva perspectiva histórica e historiográfica), Caracas, Academia Nacional de la Historia, 2011, pp. 64-75.