Juan vicente gonzalez

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juan vicente gonzalez (1810-1866)

A la generación de la nueva República, que nace con la desmembración de la Gran Colombia, pertenece Juan Vicente González. Junto con Toro, Baralt, Valentín Espinal, Juan Manuel Cajigal y otros. González uno de los teóricos constructores de la Tercera República. Su nacimiento ocurrió en Caracas, el 28 de mayo de 1810. Sus padres han permanecido en la anonimia. El mismo escribirá años más tarde: «Una mujer del pueblo formó mis entrañas, y una mujer que amaba al pobre, que era compañera del que sufría, cuidó de mis primeros años». Sus primeros estudios corrieron a cargo del presbítero José Alberto Espinosa, quien le protegió y orientó con sus consejos. Sus estudios universitarios contaron con la ayuda del Padre José Cecilio Avila, a quien González años más tarde, rendirá encendido tributo de admiración y agradecimiento. En 1830 se gradúa de Licenciado en Filosofía. La primera doctrina religiosa que alumbró el camino de su fe, fue la cristiana. Interno en el presbiterio de los Neristas durante su infancia, realizó estudios de teología y sagrados cánones; pero por motivos que se ignoran, al final no coronó su carrera eclesiática. En 1836 casó con la señorita Josefa Rodil, virtuosa dama descendiente de una familia realista. Al matrimonio siguieron varios hijos: Juan Vicente, Jorge, Luis Eduardo e Isabel. De todos se distinguió el segundo, quien llegó a ser escritor y pedagogo de notables condiciones.

Desde la separación de Venezuela de la Unión Grancolombiana, en el año de 1830, González empieza a participar en la vida política del país. Se le había atribuido erradamente la obra Epistolas Catilinarias sobre el 8 de julio de 1835, momento en que el gobierno de pura extracción civilista que preside el Dr. José María Vargas es amenazado de muerte por la insurgencia militar, representada por Carujo. Luego, se determinó que tal obra es de Francisco Javier Yanes. Son los días en que empiezan a aparecer las partidos políticos. González titubea: una vez será liberal y después abrazará definitivamente el bando conservador. Su vida transcurre en uno de los períodos más oscuros y turbulentos de la República. El mismo escribe: «Nacido un año después que Venezuela dio su grito de independencia, criado en medio de los furores de la Guerra a Muerte y el ruido de sus combates, crecido entre las tempestades que precedieron a su organización definitiva y a su breve edad de oro, testigo y actor de los últimos acontecimientos, pertenezco a todas sus épocas por algún punto, conozco sus hombres y las pasiones e intereses que los movieron».

En 1840 figura el Licenciado González entre los fundadores de «El Venezolano», al lado de Tomás Lander, Valentín Espinal, Urbaneja y Antonio Leocadio Guzmán. Pronto se distancia, sin embargo. Y cobra un odio feroz contra Guzmán, en torno al cual hará girar posteriormente toda su actuación pública. En 1859 funda «El Heraldo». Su consigna es: «Contraer el solemne compromiso de refutar «El Patriota», «El Diario» y todo bicho guzmancista que alce golilla y la haga de escritor». Durante el año de 1846, siendo González el Jefe político del Cantón de Caracas, experimenta el placer de hacer prisionero a su diabólico enemigo, Antonio Leocadio Guzmán, solicitado con urgencia por conspirador. La escena es pintoresca y revela el matiz de la lucha politica que se desarrolla en la Venezuela de entonces. Llegando Monagas al poder, la situación política de González cambia. Su más encarnizado enemigo de ayer, humillado y por gracia de Monagas desterrado, después de haber sido condenado a muerte por el tribunal, aparece poco después en la dirección del Gobierno. Empieza para González su via-crucis. Sombras y tinieblas pueblan en las noches sus reflexiones. Los Monagas se perpetúan en el poder. Una década, que parecía un siglo, caía pesadamente sobre la libertad de los venezolanos que no compartían sus opiniones con las del dictador. Durante esa época acontece el asesinato del Congreso, el 24 de enero de 1848. Era para entonces el Licenciado González, diputado. Aun cuando al día siguiente cedió a las presiones de Monagas para empatar el hilo constitucional y asistió a la sesión convocada, con este acto selló su retiro de la vida política de aquel momento. Entonces se dedicó a la enseñanza. Ya no como simple catedrático, lo cual había sido habitual en él desde su egreso de la Universidad , sino como propietario de un nuevo colegio: «El Salvador del Mundo» Su esposa lo secunda en la honrosa empresa. En los bancos del colegio se forma una generación brillante: Eduardo Blanco, Pedro Arismendi Brito, Julio Calcaño, Rafael Villavicencio, Marco Antonio Saluzzo, Agustín Aveledo y su propio hijo Jorge González Rodil. Los estudios en «El Salvador del Mundo», de acuerdo con las exigencias de la época, adquirieron la mayor seriedad humanística. Los alumnos aprendían el latín y el griego, y los exámenes eran verdaderos acontecimientos sociales y literarios en aquella Caracas de reducidos contornos.


Las crónicas de los periódicos de la época dan cuenta de la magnitud del suceso. González parece entretenerse, dedicado al estudio, con sus nuevas funciones. Sin embargo, su fogoso temperamento no era para medias tintas. En su obra literaria de entonces, su muda protesta imprime un tono de reticente melancolía a muchos de sus escritos. González piensa que se vive en Venezuela la época del Bajo Imperio, en la que se suceden las invasiones de los Bárbaros. Para él, José Tadeo no es más que un bárbaro de las Galias o de España; José Gregorio era Gondelbaldo, y Antonio Leocadio Guzmán sería Arcadio el hijo de Lidonio, vendido a los tiranos. En 1858, por el mes de marzo, Monagas es derrocado por la unión de liberales y conservadores. González vuelve a la vida pública. Funda «El Heraldo». Con el mismo nombre Lander fundó en 1846 otro periódico. El 1° de abril de 1859 empieza a aparecer el nuevo vocero. Con los mismos bríos de siempre el Licenciado González vuelve a mezclarse en el acalorado debate de la política nacional. En el primer número el periódico reza: «Se enviará a los que el redactor cree amigos suyos en política. El que no quiera suscribirse le devolverá el número al repartidor». No obstante, días terribles se avecinaban. Durante el período dictatorial de Páez, el Licenciado González irá a parar a las mazmorras de la Guaira. Escribirá entonces su Ecos de las Bóvedas. Desde el 60 la guerra había encendido nuevamente sus hogueras. Los federales Zamora, Falcón y Guzmán Blanco serán los jefes del movimiento. González se mantiene entre los dos fuegos. Su honradez política le impedía plegarse sumisamente a Páez y sus convicciones ideológicas le empujaban a odiar a los federales. Para González, Zamora era un Atila, y José Laurencio Silva, que en nombre del gobierno de Páez pacta con los federales, es un eunuco que abre las puertas del imperio a los bárbaros. Desde su periódico no se cansaba de exclamar: «Que sea la última que se derrame sobre esta tierra, cuyos frutos van a saber a sangre», refiriéndose a la guerra. Triunfante la Guerra Federal , González se refugia en las letras. Funda su famosa «Revista Literaria», escribe artículos de críticas y traduce a los grandes poetas universales. Falcón, el caudillo de la revolución victoriosa, a su vez hombre de letras, lo acoge con respeto y deferencia. Como el Licenciado carecía de recursos económicos para su subsistencia, el caudillo disimuladamente le compra su biblioteca. Ya eran los días finales. Recluido en su lecho estaba a mediados de 1866, apunta Enrique Bernardo Núñez, y el primero de octubre por la tarde entra Arvelo, para entonces Presidente Encargado de la República : «No, amigo - responde sonriendo a sus palabras de consuelo - el sol de mañana no alegrará mis tristes ojos». En efecto, la misma noche del 10 de octubre de 1866, moriría Juan Vicente González. Caracas entera se conmovió y los restos del infatigable luchador fueron acompañados por una multitud silenciosa hasta las faldas del Avila, donde quedaba el viejo cementerio de «Los Hijos de Dios». Una cruz, con las iniciales JVG estuvo muchos años esperando la mano generosa que salvara del olvido aquellos restos venerables. La espera fue inútil. Y aquel hombre cuyo origen se diluye en la oscuridad de las informaciones, no deja ni siquiera el testimonio de sus cenizas para la posteridad. Su vida pareció presidida por el signo de lo desconocido.


Análisis de su obra literaria. A pesar de su inquieta vida política en la que embarga con pasión lo mejor de su tiempo, Juan Vicente González es uno de los escritores venezolanos que posee una erudición abundante, en la que se mezclan sus diversos conocimientos de la historia, de lenguas clásicas, de matemáticas, de literatura, de filosofía en forma desordenada. Su poderoso temperamento literario se consume en la diaria diatriba de una vida politica enconada y aldeana. Fruto de su personalidad inquieta y avasallante, son sus inconclusas incursiones por el campo de la biografía. la crítica literaria, la poesía, el ensayo, el periodismo, la didáctica y la historia.

La biografía que cultiva Juan Vicente González en los primeros años de la República, no es, sin lugar a dudas la que alcanza su mayor auge en las primeras décadas de nuestro siglo con Lytton Strachey, Maurois, Ludwig, Hackett y Zweig. Es una biografía a su manera de prosador impulsado por sus pasiones y por su desbordante caudal imaginativo. Por eso su Biografía de José Félix Ribas no obedece a un plan, a unas normas elementales en el desarrollo del género. Es más bien una colección de cuadros en los que pinta a grandes rasgos la Guerra a Muerte. A ratos podría descubrirse cierto hilo novelesco como en la biografía moderna. Pero esto sucede sin continuidad. Más que la biografía de Ribas, esta obra es la historia social de Venezuela en aquellos tiempos. Bien señaló Mariano Picón Salas en sus primeras incursiones por el campo de nuestra literatura, que González «en torno a la figura central de Ribas, agrupa la sensibilidad y pensamientos de toda una sociedad de los primeros días de la guerra: 1810- 1814» (Picón Salas, Mariano; Páginas Escogidas de Juan Vicente González. Manrique Ramirez Angel, Editores. Caracas. 1921. P. 193). Por su parte, Rufino Blanco Bombona, refiriéndose al Facundo de Sarmiento, anota: «El Facundo, la biografía de Juan Facundo Quiroga, por Sarmiento, no puede tal vez parangonarse, dentro de la literatura americana de promedios del siglo XIX, sino con la biografía del general José Felix Ribas, por Juan Vicente González. Ambos escogieron como centro de cuadro de barbarie que pintan la figura de un hombre: el argentino, la de Facundo; el venezolano, la de Ribas, y no sabe uno con qué cuadro quedarse, si con aquel de los beduinos de la pampa, donde se ven las campiñas del sur nadando en sangre, o con el que describe las blancas pirámides de osamentas que dejó la Guerra a Muerte en los campos del norte». (Blanco Fombona, Rufino: Obras Selectas, Ediciones Edime. Caracas. 1958. P. 966.). La biografía de José Félix Ribas es la obra fundamental de González. En ella el vigor del escritor resalta en el trazo de las figuras humanas, de las que deja impresionantes epopeyas, como las de Boves, Arismendi, Briceño y muchas otras más. Como observamos más adelante, con el pretexto biográfico Juan Vicente González logra constituirse en esta obra en el pionero de una conciencia nacional en nuestra literatura.

Como crítico literario, González deja pocos testimonios, su inquietud fecunda y la autoridad con que estaba investido en los últimos años de su carrera pública, le impulsaron tal vez a penetrar con recelo en ese campo, en un momento en que nuestra literatura comienza. Impulsado por su deber de maestro, González señala con certeza la orientación del género entre nosotros. Más que dedicarse a la labor crítica. echa sus bases. Formula los principios de una crítica que se adelanta a muchos de los carcomidos cimientos del género de las letras peninsulares. Así por ejemplo asienta: «Es preciso abandonar la pequeña y fácil crítica de los defectos, por la grande y difícil crítica de las bellezas. Deseando corregir el autor, se irrita y se obstina en los defectos o bien se desanima, verdadera desgracia si el que empezaba tenía talento. Hay defectos por otra parte que son inherentes a bellezas y que forman las naturalezas y en algún modo la constitución de ciertos espíritus» (González. Juan Vicente: Páginas Escogidas, Critica Literaria. P. 71). En nuestros anales literarios, es Juan Vícente González el primero que comprende perfectamente la misión de la crítica. Por eso aconseja: «Para ser literaria, la crítica debe ser amena, y que sin bondad, ella turba el gusto y emponzoña los sabores» (González, Juan Vicente; Obra Citada).

Estos principios los observa el propio escritor, cuando en su «Revista Literaria» escribe sobre La Historia de Julio César por Napoleón Tercero, sobre La Condesa de Salisbury de Alejandro Dumás, sobre Leopardi y sobre el Jesús de Renán.

Cuando impulsado por su torrentoso genio creador, invade el campo de la poesía, su expresión sólo encuentra cauce en su prosa abigarrada, apasionada y romántica. Sus intentos en verso carecen de viveza creadora. Son meros ejercicios de versificación. En cambio sus páginas poéticas en prosa están cargadas de una belleza extraordinaria, imbuidas de un aliento humano inextinguible. En este sentido, sobresalen entre todas sus producciones, las que él llamó Mesenianas. Tomaba el nombre el escritor de una antigua región griega -Mesenia- cuyos habitantes, heroicos y decididos lucharon contra pueblos invasores. Ante su tragedia entonaban cantos de lamentación, los cuales vendrían a ser llamados «Mesenianas». Para González, la tragedia de aquel pueblo invadido era como la que sufría Venezuela en los días oscuros de Monagas. La patria, para entonces, era pasto de caudillos; el crimen y el destierro ensombrecían las esperanzas del pueblo. Esos cantos elegíacos estaban llenos de una protesta colectiva. La juventud asesinada, los ideales perseguidos, los viejos próceres en el destierro, condensan el reticente dolor en esos cantos que brotan del poderoso corazón romántico de Juan Vicente González. En la «Meseniana» dedicada a Teófilo Rojas, González confiesa: «¿Publicaré los sueños de mis largas noches, cantos en mi prosa, lágrimas condensadas, preludios fugitivos del canto eterno al dolor que suena en mi alma?. Anídese ésta en silencio, sorda germinación del espíritu; que se lance a contemplaciones abstractas, atmósfera del pensamiento tranquilo; o que despedazada, cautiven sus fragmentos las realidades crueles, mis días son tristes sobre la tierra».

Como se ve, en estas páginas González se dispuso a verter toda su pasión de romántico y toda su sapiencia clásica. En ellas hace desembocar todo su rencor, todo su odio contra los enemigos y todo su amor a Venezuela, sublimados por el tono elegíaco. profundamente lirico de su poesía en prosa. La razón de ser de estas páginas tal vez las más vehementes y perdurables en la literatura venezolana, está en aquellos preceptos del propio escritor: «La poesía consiste sobre todo en la espiritualidad de las ideas. Para que las palabras sean poéticas es preciso calentarlas al soplo del alma, humedecerlas con su aliento. Esto último es lo que confirman las Mesenianas de González: todavía están calientes y húmedas, como una prolongación de su vida.

Entre las Mesenianas más conocidas, de mayor dimensión humana pueden mencionarse las dedicadas a Mateo Ballenilla, a Fermín Toro, Andrés Bello, a Avelino Pinto y la ya citada, a Teófilo Rojas. La muerte de estos venezolanos de su época, produce en González el estado espiritual proclive a la creación de sus reticentes elegías. De Toro dice: «Es que acaba de abrirse una tumba, y ha caído en ella el último venezolano...”. De Bello concluye: «Salvóse el Néstor de las letras de la gloria del martirio». Y de Pinto, en medio de una viva evocación griega, bosqueja: «Ya llega el coro de los vencedores semejantes al de las Ménades sobre el antiguo Citerón. A través de la ciudad desierta, ellas pasean sus gritos, sus vivas y cantos, ¡Cómo alternan con los melancólicos ecos, que se alzan alrededor de la patria moribunda»!.

En el ensayo, tal como se le reconoce hoy en día, Juan Vicente González posiblemente no haya dejado obra de consistencia. Pero en cierta forma pudieran destacarse en este aspecto su trabajo sobre la Elocuencia Politica el de Mirabeau, orador y hombre de estado.

Como periodista González sobresale. En este campo es un coloso. Nadie ha podido igualarle en Venezuela. Su pasión desbordante, su estilo admonitivo, de una soberbia lapidaria, le colocan como la más singular figura del periodismo venezolano de todos los tiempos. Arturo Uslar Pietri ha dicho al respecto: «No lo ha habido más brillante, más poderoso, más poético. Es en veces una sibila que vislumbra visiones de espanto, en veces un orador de torrentosa elocuencia, y siempre un poeta, por el poder de la síntesis y por la fulguración de la imagen» (Uslar Pietri, Arturo: Letras y Hombres de Venezuela. FCE. México. 1948. p. 97). Con sus arrebatos personales, transplantados a su función diaria de periodista, González imprime a sus editoriales y a todas sus demás páginas, una fuerza humana característica, una energía vital inagotable. Lisandro Alvarado, en relación con la figura de González, ha anotado lo siguiente: «En caso de necesidad llenaba todas las columnas de su periódico sin colaboración y con producciones apasionadas, y a veces salvajes por el nervio y la vigorosa entonación, por el descuido y la cólera que las animaban».

Más adelante precisa el mismo historiador: «Llamó a Sotillo 'viejo criminal', a Angel Quintero 'histrión sonoro', a Antonio Leocadio Guzmán 'bicho pedantesco que recibió de su padre la empalagosa charla y las mañas del gitano'; y luego nunca le faltaban saetas enarboladas y crueles invectivas contra los que por esto o por aquello fomentaban su cólera o no andaban tan presto como lo deseara su venganza» (Alvarado, Lisandro: Historia de la Revolución Federal en Venezuela. ME.-Caracas. 1956. p. 177).

Como autor de obras didácticas, González cumple una labor provechosa para la entonces incipiente educación venezolana. En sus días de recogimiento en su colegio «El Salvador del Mundo», se dedícó por entero a la enseñanza. Y entonces escribió un texto de Gramática Castellana, en la que seguía la teoría gramatical de Bello. Asímismo escribe sus lecciones de Literatura Española y una Gramática Latina. Aun cuando no corresponde a su época de «El Salvador del Mundo», es necesario añadir a la lista de obras didácticas, su Manual de Historia Universal. Esta última obra, escrita casi de memoria en los días de prisión bajo la dictadura de Páez, se destaca por sus poéticas descripciones y por su fervorosa admiración hacia la cultura clásica de Grecia y de Roma.

En el campo de la historia, ciertamente González ocupa un sitial de pionero. Con él la historiografía romántica venezolana. Sus lecturas de adolescente, recién salido del presbiterio de los Neristas, la vuelca aún en su madurez, en sus páginas históricas, vehementes y desordenadas. González fue un permanente cronista de nuestros grandes sucesos. El testigo más dispuesto de su época, puede llamársele por su incansable labor histórica. Su historia, sin embargo como hemos anotado ya, posee singulares características. Los modelos que sigue González no son los que tenía a mano en la literatura castellana. Fueron los grandes románticos franceses que él había leído en su juventud: Chateaubriand, Lamartine, Michelet, Thierry. La hístoria que él escribe está caldeada por su pasión poética. La historia de Venezuela para González empieza a ser de contornos homéricos. El la ve con aire de epopeya. No pierde oportunidad para establecer comparaciones entre nuestros guerteros y los de la antigüedad clásica; entre la escena de nuestra historia y la de los casi legendarios pueblos greco-latinos. Pero, al Iado de la cita erudita, florece la expresión poética, teñida por su aliento personal. Aun cuando su poderosa vocación de escritor parece desembocar en el campo de la historia, González deja en este género una obra inconclusa, de retazos, de intentos sin continuidad. El había abrigado la esperanza de escribir la Historia del Poder Civil en Colombia y Venezuela o Vida de sus Hombres ilustres. Y no pasó esta idea de ser más que esperanza. Apenas escribió algunos esbozos biográficos, como los de José Manual Alegría, José Cecilio Avila, Martín Tovar Ponte y el más completo, el de José Félix Ribas.

No obstante, sin llegar a realizar una obra histórica de ordenados fundamentos, González crea una escuela, a la que imprime su sello personal. Años más tarde, su discípulo más brillante será Eduardo Blanco, autor de Venezuela Heroica. Texto en negrita